Tuesday, January 23, 2007

Argemiro es un traidor - video

Lectura del cuento "Argemiro es un traidor" leído por su autor Luis A. Miranda en la reunión mensual del Proyecto Setra-arteS en la librería Books and Books de Coral Gables.


Tuesday, December 12, 2006

Mea Culpa. Mi Culpa. (Aparte de Reviernes de dos gemelas...)

Mea Culpa. De todo lo hecho en mi vida me culpo. De la terrible sumisión a tu estética permitiendo que mi voluntad no se impusiera. Permití, basado en mi superioridad mental, basado en mi comprensión de tus razones, que mantuvieras por años tus escenas de celos infundidos e infundados, tus caprichos de niña maleducada y consentida, tus secretos deseos que jamás llamaré aberraciones. Mea culpa mi desidia por andar embullado con pensamientos altruistas y generosos que juzgaban como infantiles todas tus pataletas.
Mea culpa subir ahora hasta la cima de esta colina desde la que puedo divisar el valle y las praderas de tu cuerpo desnudo que a veces me excita y a veces me congela un grito de terror desconfiado que se queda atrapado en mi garganta. Luego desde la cima me descuelgo o salgo flotando, mientras mis ojos ven las degradaciones del verde de un paisaje, que no solo imagino sino recuerdo, mientras advierto una sensación de frescura indescriptible sobre mi cuerpo; mis pies volando sin apoyo, mis brazos aleteando y mi cabeza sumida en los más fantásticos sueños de grandeza o perdición.
Mea Culpa. Mi culpa es no poder mantenerme volando. No poder seguir cabalgando sobre las nubes de mis sueños imaginados en el alba, buscando los reflejos de mi vida en tu vida, de mi cuerpo en tu cuerpo. Transitamos por sueños de ciudades abigarradas por una senda estrecha. No había sentido hambre ni sed, solo descubierto que cabalgaba sobre el viento.
La casa paterna había sido sacudida por un terremoto y sus aposentos perdieron el resplandor y de sus jardines solo una rosa amarilla se mantenía tronchada sobre un hilo a punto de reventar. Allí las dos gemelas crecieron corriendo como dos gatos silvestres revolcándose sobre la hierba, por los corredores de la mansión y hoy todavía se escuchaba el eco del arpegio de las notas de sus guitarras y las ondas invisibles y circulares de sus voces cantando bambucos, pasillos y torbellinos.
Y como un torbellino me llegaban los recuerdos y por eso también me sentía culpable. Mea Culpa. Mi culpa por no haber entendido que la estética no puede sobrevivir sin la ética. No podía entender que había muerto pero sentía que cada día y a cada instante estamos muriendo poco a poco.
Tal vez todo lo que vemos es parte de un ritual que se repite circularmente. Sin tiempo y sin espacio. Los pueblos donde vivimos otras infancias, aquellas con un bobo de pueblo, con un borracho impenitente, con forasteros enamorados de las cantineras se repiten en otros pueblos dejados de la mano de Dios y de los hombres y los borrachos y los bobos son ahora nuevos gurus urbanos.
Y sin embargo, todo existe gracias a una mujer que no eres tú. Ni tú. Ni tú. Gata esponjosa que se antoja la reina y centro del universo. Se recuesta y se estira sobre los rayos del sol que atraviesan las cortinas de su habitación para seducir al sol y esclavizarlo con su piel tostándose irremediablemente mientras se entrega y subyuga al astro rey. Gracias a ella hay un momento en el crepúsculo en que las cosas brillan más, el oro es más dorado, el agua más transparente. Por ella los condes, los caballeros y los hombres corrientes se agitan y se hacen lascivos y se rinden a las tentaciones que alteran a los santos. Ellas se vuelven el horizonte hacia el que apuntan los rayos del sol de los venados mientras las flores pierden sus pétalos y las hojas se desparraman por los caminos. No es extraordinaria su desnudez de seda ni los dragones de fuego de su pétalo escondido entre la brevedad de sus labios y los lazos con que amarra a las abejas que se atreven con sus mieles. Ella se deleita viendo rodar las cabezas de quienes intentaron amarla y no supieron comprender sus caprichos.

Mea culpa. No distinguir si es un hombre, un árbol o una roca que se precipita desde lo alto de la cordillera. Cuando resbalamos sobre una cáscara o tropezamos de nuevo con la misma piedra, la piel se agrieta al roce de tu cuerpo desnudo y las escamas de tus aletas de sirena me hieren las puntas de los dedos y mis palpitaciones son martillazos que me rompen el pecho. Nos asustamos con nuestras sensaciones. Tenemos miedo de afrontar nuestras veleidades, de asomarnos a la caverna de nuestra propia imaginación. No nos atrevemos a mirar el espejo donde se revuelcan desnudas nuestras pasiones por que nos tememos a nosotros mismos. Mea culpa. Tenemos horror al hombre que llevamos adentro, tenemos horror a la mujer que nos invade o habita en nuestro cuerpo. Horror a nosotros mismos y horror a aquello que los otros tienen de nosotros. Horror a la propia identidad, horror a reconocernos en los otros. Entonces adoramos ídolos de barro, locutores de radio y presentadores de noticias de la televisión. Mea culpa. Se puede vivir con los ojos hinchados de no dormir agotados por la pensadera o vivir descansados sin conciencia con los ojos operados por el último cirujano de moda. También desnudos se puede vivir. Mea culpa. Me culpo de tu intolerancia, de tu olor a jazmines derramados, a tus nalgas redondas que se dejan vencer por el deseo.
No concibo una enfermedad más repugnante que la ignorancia. Estar tan cerca del reino animal, no lo concibo. Y menos la falta de memoria de los pueblos y las vulgares campañas de los locutores y animadores que se creen poseedores de la verdad por que fascinan animales superiores llamados televidentes o radioescuchas. No concibo la ignorancia del que habla como un loro y del que escucha al loro y lo deifica. Mea culpa. Me culpo por todos los ignorantes que hacen chirriar las cadenas y derriten los témpanos con su mediocridad e indiferencia. Siento culpa por los que están medrando por un mendrugo o un plato de sopa. Mea culpa. Por todos los que han tenido que vender su primogenitura por un plato de lentejas. Revolotean como gallinazos alrededor de la carroña y quieren hacernos creer que sus guerras son justas y que podemos matar impenitentemente. Mea culpa. Por todos los asesinos de palomas, violadores de niños, tramitadores de la guerra que se esconden en sus grandes oficinas a decidir el destino del resto de humanos y a ordenar masacres impunemente. Mea culpa.
Desde los templos del Nilo hasta los de la India. Desde el Taj Mahal hasta la Catedral Nacional de Washington y por las Catedrales de Colonia y Notre Dame se esparce el olor de la sangre derramada en el Sudan, en Bagdad, en el Líbano, en el Pato y Rio Chiquito, en las orillas del Atrato y del Nilo, en la franja de Gaza, en Afganistán y en el Urabá. Se esparce la sangre. Mea culpa.
Aquellos que se aprovechan de la providencia para gobernarnos con indolencia y egoismo. Aquellos empotrados en sus tronos construídos con la sangre de millones, aquellos que no tienen conciencia del viaje que es la vida y de todos los viajes de todos los que nos precedieron y nos sucederán, aquellos que enlutan millones de hogares, que anuncian tiempos lúgubres con su presencia, aquellos poderosos e indiferentes me hacen sentir vergüenza de ser hombre. Mea culpa.
Entonces para no morir de vergüenza camino para espiar mi dolor y mi pavor. Recorro la ciudad. El viento helado del invierno que se anuncia pincha mis poros acostumbrados al calor y recorro las vitrinas de las librerías y de los almacenes de muebles con sus diseños modernos y futuristas y me siento en la banca de un parque agobiado por el peso de mi propia culpa. Mea culpa. Amen.

Tuesday, December 05, 2006

Punto de Encuentro con la Literatura (II)

El profesor Luis A. Miranda entrevista al escritor Jose O. Alvarez.

Saturday, November 04, 2006

Los Cuentos de Luis A. Miranda: Un Resumen de la cuentística colombiana de todos los tiempos. Por Denzil Romero.

Palabras pronunciadas por el escritor venezolano Denzil Romero, durante la presentación del libro Nosotros los de Entonces… en la Biblioteca Principal del condado Broward, Fort Lauderdale, el 14 de Noviembre de 1998.

Luis Alberto Miranda es un periodista y escritor colombiano (Santafé de Bogotá) descendiente del precursor Miranda por la vía del joven Leandro, quien vivió en la Nueva Granada bajo la protección del presidente Libertador Bolívar; residenciado él desde hace años en estos predios condales de la Florida. Aparte de sus múltiples notas y notículas de prensa, reportajes, crónicas y artículos de opinión dispersos en periódicos y revistas, nos había dado a leer su opúsculo poético Exilios, Soledades y Deseos –
de intenso vuelo metafórico y bien sentida preocupación vital, y
un par de libros de ensayos La Problemática latinoamericana y
La Interpretación de los Sueños y una biografía del pintor Gustavo
Duque bajo el título de Condenado al éxito.
Ahora para beneplácito nuestro, nos entrega una excerpta
de cuentos bajo el título genérico de
Nosotros los de
entonces, hermoso título sacado del “Poema 20”de Pablo Neruda, para una formidable colección que esperamos lo comprometa
definitivamente con el hecho creativo de ficción a fin de seguir
enriqueciendo la trayectoria cuentística de su país de origen; desde
los días del antioqueño don Tomás Carrasquilla (1858-1940) con su formidable relato Sentado a la diestra de Dios Padre (1897) y sus libros El Padre Casafús (1914) y de Tejas Arriba (1937) hasta hoy, magnificada por el puntal cimero delaracataquense Premio Nobel Gabriel García Márquez y sus imponderables Isabel viendo llover en Macondo, La siesta de los martes o En este pueblo no hay ladrones, entre otras joyas de antología, y la cual tradición se completa a riesgo de caer en el catálogo homérico de las naves o en el no menos exhaustivo de Hesíodo con la genealogía de los dioses; a riesgo de caer en el catálogo, digo, se completa con nombres tan meritorios como los del siempre recordado Jorge Zalamea con su imponderable El Gran Burundú Burundá ha muerto; y el del bogotano Hernando Téllez (1908-1966) autor de Sangre en los jardines, Tiempo de Verano, y Cenizas para el Tiempo, y el de la muy distinguida dama-escritora Elisa Mujica (1920), y los del eximio narrador y amigo don Pedro Gómez Valderrama (1923-1993), nunca suficientemente reconocido y estudiado, o el del también por mi grandemente estimado Manuel Mejía Vallejo (1920-1998); o los de Alvaro Cepeda Samudio (1929-1972), Eutiquio Leal (1928-1997), Gonzalo Arango (1931-1976), Plinio Apuleyo Mendoza (1932), Darío Ruiz Gómez (1936), Nicolás Suescún (1937), mi dilecto amigo Germán Espinoza (1938) y ArturoAlape; Hector Sánchez (1940) y Jairo Mercado (1941); Fanny Buitrago, mi querida ‘Fanucha” (1946), autora de La otra gente y Bahía Sonora o el Oscar Collazos (1942) de El lento olvido de los sueños y No exactamente como una película de Luis Buñuel, David Sánchez Juliao y Luis Fayad (ambos nacidos en el año 1945); Policarpo Varón (1941), y Gustavo Alvarez Gardeázabal (1945); el jacarandoso Umberto Valverde (1947) de Bomba Camará y el malogrado Andrés Caicedo (1951-1977) de Viva la música; Marco T. Aguilera Garramuño (1949) y Germán Santamaría (1950), y la aquí presente Freda Mosquera, autora del libro Cuentos de Seda y de Sangre de marcada pasión femínea e impecable escritura; todos autores de una narrativa corta que se va perfilando de manera progresiva como una de las más pujantes en el ámbito de la lengua española. Una narrativa, la colombiana, que fue neo-clásica en sus principios; romántica, después; costumbrista a ratos; a ratos cargada de protesta y crítica social, hasta traspasar el lastre del cerco nacionalista y consagrarse en el plano internacional.
Ahora nos topamos con este Luis Miranda, incansable amigo
nuestro hace una década, dedicado de manera ininterrumpida al periodismo informativo y de opinión y a la promoción cultural y al enaltecimiento de las minorías hispánicas, ya no tan minorías, en este crisol mirífico de razas y tendencias culturales que es el mundo
estadounidense de hoy. Los cuentos de Luis están pensados y
escritos en términos de lenguaje, desde la palabra y la memoria,
cargados de una cierta añoranza temporal y de una compleja
variedad de preocupaciones ético-estéticas; y que bordean con
igual galanura lo fantástico, el realismo de la cotidianidad inmediata, la crítica política y social, la penetración psicológica de los personajes y la perfección formal.
Los cuentos de Luis Miranda están perfectamente bien escritos.
Cuentos como Nosotros los de Entonces... Margarita, está linda..., Levántate Lázaro, Yo no he visto a Linda, Una procesión para tu Muerte, y todos los demás que conforman el libro, se le quedan a uno en el recuerdo, entre otras muchas razones, porque son raigalmente humanos, secuencias de una y la misma vida biografiada, autobiografiada o pseudoautobiografiada con deformada autenticidad donde personajes como Mambo Loco, Viejo Mincho, Maria Bonita, el compañero Argemiro, La Linda y la Margarita parecen estar anclados dentro de nuestra propia mismedad.
Sirva este buceo por el trasfondo de la cuentística colombiana
para celebrar la aparición de un formidable nuevo narrador. Como decía el recordado poeta de mi país Víctor “Chino” Valera Mora, ya fallecido: “Cuando aparece un escritor o un poeta cabales tenemos que alegrarnos porque somos muy poquitos”. Por eso esta tarde, amigas y amigos, es tarde de alegría. Contamos con un nuevo y brillante narrador edito en el firmamento ficcional latinoamericano; un narrador integral que sabe convivir con idéntica destreza en el temor, el desasosiego, la resignación y la melancolía y que no vacila en poner su sello personal a lo narrado con énfasis particular en la sensualidad y el erotismo, la meditación sobre el tiempo y la muerte, el ejercicio imaginativo y la alegría vital, no importa si mediatizada en algunos momentos por una ola de airado pesimismo.
Por ese motivo, amigas y amigos, vale la pena que
celebremos.
Muchas Gracias....

Denzil Romero
Autor de “La Tragedia del Generalísimo” y otras diecisiete novelas, entre otros textos. Ganador de varios premios internacionales entre ellos el prestigioso “Casa de las Américas” de Cuba y “La Sonrisa Vertical” de España.

Levántate Lázaro: Argemiro es un Traidor! (cuento de Nosotros los de entonces...

Puso los pies en la tierra, pero su cabeza seguía en el aire.
Cuánto tiempo habría estado inconciente ? Cómo habría
llegado hasta allí?
Por qué esta sensación de vahído y el dolor de cabeza?.
Parecía como si estuviera despertando de una terrible pesadilla o
como si la pesadilla aún no hubiera pasado. Se quedó mirando
alrededor. No tenía tronco ni extremidades. Solo una gigantesca
cabeza y unos pies inflamados e informes.
Cuánto tiempo habría pasado desde que se quedó sin
manos? Cuándo empezó a notar que el corazón y las costillas
desaparecían? Esta bien no tener sentimientos y las manos que
importan si nada puedo hacer. Pero... y el estómago? Existe,
acaso, algo mejor que comer?
Cuándo perdí el estómago? Qué locura! Qué desesperación!
Se le revuelcan los sesos como en un frasco de vidrio con
alcohol y se extasía en la absoluta nada. No pensamientos. No
recuerdos. No conocimiento ni experiencia.

Aún resuena el tableteo de las metrallas en la distancia y
Argemiro hundido hasta las rodillas en el fango, confunde la realidad
con sus pesadillas. No sabe si esta parado o si se ha orinado y
defecado en los pantalones, aumentando así el peso de sus botas.
Vamos a alfabetizar. A-L-F-A-B-E-T-I-Z-A-R. Se imagina
las noches decembrinas en Chapinero y de rumba con el loco del
Manolo. Se le aparece Alfonso y de pronto descubre que las dos
compañeras se hacen el amor en el campo de batalla, mientras él,
enamorado, se vuelve impotente sexual y comienza su
desenfrenada carrera hacia los árboles.
Allí se murió o allí nació. Eso tampoco lo sabe Argemiro. La
escena de las compañeras lesbianas se repite. Se toca y no se
siente. Solo unos pies muy grandes y una cabeza sin cuerpo, ni
brazos, ni manos. ¡Me he quedado sin cuerpo! ¡Me he quedado
sin cuerpo! ¡Me he quedado sin nada! y se desmaya.
––El compañero Argemiro se ha vuelto loco!
––Se rompió. No pudo con la revolución. Esa es para
hombres y él es un duendecito sabihondo. En eso terminan los
teóricos. Nada puede superar la práctica.
––¿Qué van a hacer con él? ¿Acaso fusilarlo?
––Es probable. Tal vez lo manden a México pues tiene parientes
influyentes entre los comandantes, vaya usted a saber. Mejor... no
pregunte tanto compañero. Entre menos sepa uno, menos podrá saber
el enemigo si nos capturan. Cállese y vaya a su puesto!
Cuando cuente hasta diez, usted se despertará y no recordará
nada de lo sucedido en esta sesión. Se sentirá mejor. Respire profundo.
A la una. Mírese de nuevo la cabeza. Todo está en su sitio y usted no
ha sentido absolutamente nada negativo. Todo está bien.
Afuera le espera su señora y con ella un par de hermosos
niños. Son sus hijos. Recuérdelos bien. ellos le aman.

A las dos. Se siente bien. Muy bien.
A las tres. No se acuerda de nada.
A las cuatro. Respire profundo. Todas sus experiencias han
sido maravillosas. El programa de alfabetización un éxito sin igual.
A las cinco. La revolución es un hecho y el pueblo está feliz.
A las seis. No siente cansancio, se siente perfectamente bien.
A las siete. Su señora y los niños están afuera y quieren verle.
A las ocho. Usted ha sido un héroe.
A las nueve. No recuerda nada negativo. Todo está bien.
Respire profundo. La revolución es un éxito. La alfabetización se
ha completado. Los hombres aman a las mujeres y a los niños.
A las diez. Abra los ojos. ¡Abra los ojos!
Ya los he abierto piensa Argemiro y hace un esfuerzo terrible
por morirse. Solo la idea de mirar a Clemencia y a los niños luego
de tanto tiempo, lo hace estremecer de vergüenza. ¿Qué he hecho?
Abra los ojos cuando cuente diez. A la una...a las diez.
"Levántate Lazaro!" dice jugando un hombrecillo vestido de
blanco, parece un médico. Haciendo bromas: "Levántate y
camina!".
Pero Argemiro no se levanta.
Aparecen entonces los loqueros con una camilla y lo inyectan
hasta que Argemiro se evapora en el aire. Ya no tendrá que
soportar más choque eléctricos, ni mirarse transparente entre los
árboles. Argemiro se ha muerto. Argemiro es un traidor!

Junio - 1985
Yomkers, New York.

Lorenzo Mistral. Apartes de "El Tigre de Papel" (novela)

Tengo diecisiete años, hoy he decidido mi vida. Seré un revolucionario. Todo lo que haga de aquí en adelante será con el propósito último de cambiar mi país; un fantasma recorre el continente , ese fantasma en América Latina tiene un aliado incondicional en el hambre y la miseria; así como Bolívar juró liberar a América del yugo español en el monte Sacro, así yo en las faldas del cerro de Montserrate, y a los pies de su iglesia cuyas puertas fueron donadas por mi abuelo industrial, juro que libertaré a mi país de los yugos y las injusticias que lo agobian. Yo Lorenzo Mistral he escrito una y otra vez este juramento de diversas maneras, quiero que suene literario, quiero que suene a panfleto, quiero que suene en verso y en prosa. Tal vez haga algunas fotografías para ilustrar mi decisión de luchar por una patria nueva.
Se nos salía el corazón de tan auténtica y profunda emoción, era un universo de sensaciones nuevas, un descubrirle un sentido a la vida. Y es que las cosas tenían un maravilloso y encantador sabor, todo sabía distinto cuando al descubrir la belleza de la revolución descubríamos también el sabor de la saliva en los primeros besos franceses que nos ofrecían las muchachas del barrio. Todo era exuberante, todo tenía un sabor distinto y nuevo, la saliva pura de las muchachas, el olor de la tinta, el sepia de las fotos y el papel de las revistas, la excitación del tacto al acariciar unas manos suaves femeninas adornadas con venitas azules y las formas dulces y encantadoras de unas manos de niña, manos de mujer, manos de hembra, repletas de piel nueva y exhuberante y florecida y desbordante como la saliva incolora, híbrida, pura, transparente como agua sin bacterias ni microbios. Saliva pura, solidificación del sentimiento, forma física y gelatinosa de la palabra amor. Así recuerdo los primeros besos, la humedad de la pureza hecha belleza, la belleza hecha abstracción a través de los labios y el combate sin fin de las dos lenguas. –“Quel plaisir! Mon Amour...”-
Me sentía vaporoso, agitado, ondulante. Cassandra, concreción. Camino de caricias y de besos desde el primer instante. Curvas y redondez. Fui caballero montaraz, jinete cabalgador, rejoneador del lecho puro e impuro de himeneo. Campirano y citadino a la vez. Maestrante en las corridas íntimas donde recreamos las mejores faenas de Manolete y el Cordobés. Desbravador, amansador de clítoris rebeldes, gaucho de las sábanas. Sentir tus quejas, escucharte gemir transfigurada, envueltos en olores todos nuevos, almidón, fuerza, coraje, ternura, desazón, angustia, temor de las palabras, todo nuevo como el sabor frugal de la saliva. Subir por esa ruta de tus piernas y muslos en la jornada misma del Caimacán de Xenufana, levantado a contrapelo. Decir inconsecuencias, retahílas, versos entrecortados, gemir, gritar, sollozar y quejarse de placer.
Cassandra, Bella en si misma, nace y muere en si misma, belleza creada y descubierta para mi goce. Ajena a lo bueno y a lo malo. Belleza en sí y por sí. Belleza que no necesitaba ser ratificada. Belleza de bellezas, transformadora de ambientes, belleza ignorante de si misma, ajena a las leyes, ni benévola ni modesta, belleza, simple y pura belleza. Esmeralda o diamante corruptible en los límites de su humanidad, en la determinación de sus coordenadas ambientales, en su espacio vital, en su tiempo inenarrable. Como todas las vidas irreparable e irrepetible, cuántos problemas te hubieras ahorrado sin tu belleza, pero no estaba en tí semi-diosa de la tragedia latinoamericana decidir tu destino. No hay demonio ni maldad en el cambio, el tiempo, corriente de violencia y fuerza transformadora, nos arrolla y nos devuelve hechos pedazos, rotos y andrajosos. Poco a poco vamos quedando desgarrados, sometidos a la corriente y a los remolinos.
Gemebundo, Segismundo, inmundo, tremebundo, errabundo, nauseabundo, lapidado, encadenado, desfigurado, formulando los principios de una soledad ansiada y deseada para descifrar los secretos del murmurío y luego del ternurío; elementos propios de una alquimia que quiere transformar en belleza los valores morales. que quiere asimilar la belleza a la felicidad, que busca descifrar los entuertos del inconciente para sacarlos al conciente y volverlos cuocientes, y comenzar a medir la eficacia y la eficiencia, para terminar definiendo la productividad, reduciendo todo a cantidades, ignorando la belleza del conocimiento y de la comprensión, la mecánica cuántica de las mariposas y los sapos;
Comenzamos a vernos a diario, nos salía del alma, era un deseo hepático, una ansiedad, una necesidad insatisfecha que nos obligaba a juntarnos desde la mañana hasta la noche. Nos sentábamos codo con codo, pierna con pierna, brazo contra brazo, "tete a tete", espalda con espalda, peleábamos en los antejardines de Bogotá con mujeres histéricas y enfermas sexuales, envidiosas de nuestro amor y nos pasábamos las tardes leyendo los versos del capitán y soñando largas pláticas con el poeta de Isla Negra. Ignorábamos las multitudes, no poníamos atención a las murmuraciones, andábamos con una muralla hecha de besos y caricias y pegada con versos y sentimientos revolucionarios, asistíamos a conferencias, recitales y conciertos y nos amábamos rodeados de susurros y rumores.
Por eso cuando se estaba afeitando, pensó Lorenzo que iría a conocer, tal vez a alguien interesante.
Apesadumbrado, deprimido, agobiado, cansado algunos días; felíz, eufórico, positivo, lanza en ristre siempre luchando por un buen resultado, luchando contra veinte años de retraso emocional o sexual, Lorenzo Mistral mezclaba libremente sus recuerdos con las retenciones de los hechos pegadas a su cuerpo como una gelatina insoluble. Oh! Cassandra sé a pesar de tu capacidad de lectura y comprensión, que existe una energía vital que nos mueve, la fuerza del “coitus” primaveral puede más que cualquier embeleco de la razón. Todo lo justifican los superficiales y los oportunistas diciendo que el corazón tiene razones que la razón no entiende. No es verdad, son solo falacias para justificar el deseo libidinoso, el anhelar, el ansiar estar atravesada por un joven mancebo de dulzuras persas que se te antoja codiciar y hambrear hasta la locura. Es como morir de hambre, al verlo es como si se despertara el apetito. Y entonces ya no recuerdas tu propia historia, ni tus aventuras, las mismas que odiaste y disfrutaste tratando de refugiarte en los recuerdos del comandante Nelsón y en tu noche de amor en los linderos del chicó al norte de Santa Fé.
Era una mansión, una de esas casas viejas Construída a comienzos de siglo, tal vez había sido originalmente la casa grande de una inmensa hacienda que dominaba la Sabana de Bogotá, desde sus patios se gozaba del maravilloso espectáculo de la degradación del verde apreciable en todos sus tonalidades desde el cuasi-amarillo hasta el ocre-naranja, sobre esa planicie incrustada caprichosamente entre la cordillera. Había sido la casa de acaudalada familia y ahora era la flamante sede del Instituto Andino, colegio privado que fue durante muchos años un internado femenino para niñas y señoritas. La mayoría de esas alumnas tuvo que enfrentarse a la rígida conducción de Doña Carmen Rosa Zamora, quien llegó a obtener la medalla de Boyacá, una de las preseas otorgadas por gobierno a personalidades distinguidas, en este caso, por su actividad como educadora. Ella mezclaba la estricta disciplina con grandes dosis de ternura para resolver los problemas de sus estudiantes, muchas de ellas separadas de sus familias, generalmente de hacendados quienes las enviaban a estudiar a la ciudad apartándose de ellas hasta por periodos de seis meses, así doña Carmen Rosa se convertía en la mamá obligada de las niñas y las adolescentes en una época prácticamente victoriana de la sociedad santafereña. Doña Carmen Rosa era inspiradora, modelo y defensora a morir de los valores de su época, por eso no le era fácil explicar porque sus cuatro hijos le salieron todos revolucionarios.
Las primeras dudas y conflictos fueron con la Iglesia Católica. Los muchachos se negaron a asistir a misa los domingos o a participar siquiera cuando se ofrecían misas con motivo de fiestas patrias u otras ocasiones especiales. Cuestionaron el sacramento de la confesión y por supuesto nadie los vio comulgar jamás, después de que cumplieran los trece años.
Primero fueron las ideas bolcheviques, luego el gaitanismo, entonces el nacimiento del partido comunista y como si fuera poco la revolución cubana. El país siempre ha sido un hervidero de ideas, una permanente e inagotable guerra de ideologías. En medio de ellas aparecieron los hijos de doña Rosa, la educadora.
Ilich se quedo mirándome como sorprendido y me pregunto dubitativo -De verdad quieres irte para el monte? . Si.- afirmé sin vacilar. -Bueno hermano pero es que debe considerar muchos de los aspectos de la lucha, y debe pensar que de todas maneras usted todavía no está físicamente capacitado, piénselo bien. Las condiciones de vida en el monte no son las mismas que tiene aquí. Allí no va a tener la camita caliente en la casa de su papá cada vez que quiera. Usted, sea como sea, siempre tiene el recurso de su casa paterna para ir a refugiarse cuando se sienta cansado o simplemente cuando se quiera dar un baño.
--No me importa ninguna consideración, yo quiero irme para el monte. -
--Hay que vivir con un morral cargado a la espalda, acostumbrarse a la pecueca con unas botas pesadas y sucias, caminar cientos de kilometros y sobretodo tener buena puntería. Tiene que saber tirar, hombre.
Me basta haber vivido con el Padre Domingo para entender que no debo retardar más mi decisión. Jamás he conocido a nadie con una calidad humana mayor, o una mejor voluntad de servicio. Has visto como vive el Padre Domingo, sobre una estera en el piso de la oficina embaldocinada de la sacristía y le ha dejado su cama a doña Panchita, la viuda de Ismael, el chofer que asesinaron la semana pasada por una pelea de tráfico, y por supuesto con los cinco hijitos. ¿Cuándo conoció usted un cura que no cobra diezmos y primicias a sus parroquianos? y que además les consigue medicinas y comida y hasta películas los fines de semana gracias a sus amigos los felinos. No hermano, no me la ponga tan dificil. Usted tiene que conseguirme el contacto para irme al monte.
Ilich se sentía incomodo, Manolo todavía era, en su concepto, muy joven para dejar las comodidades de su casa pequeño-burguesa para embarcarse en tamaña aventura. Quince años y pensando en irse para el monte. Qué valiente y decidido el pelado! pensó Ilich.
Hermano, usted por su condición de clase y por el lugar privilegiado que tiene en la sociedad debe pensarlo mejor. Piense que su papá todavía le está pagando sus estudios. Piense que Usted puede hacer más labor como maestro y enseñando teoría que yéndose ahora para el monte. Hermano: todavía lo necesitamos aquí. Va a pasar un buen tiempo mientras se dan las condiciones óptimas para la toma del poder. Hay que realizar un trabajo de base serio y profundo, debemos crear células y trabajar en los barrios populares. Tenemos que politizar y desarrollar la capacidad crítica de los sindicatos, debemos seguir las directrices del comandante Tigre. El es nuestro Lenin criollo. Ese si es nuestro gallo. El sabe cómo éste trabajo de base va a posibilitar que las parroquias y los sacerdotes afiliados al movimiento puedan reclamar para sí el poder algún día como lo hicieron en la Rusia del 17 los soviets. "Todo el poder para los soviets". Aquí vamos a decir, "todo el poder para las parroquias. Se imagina, Manolo, tenemos más de cien parroquias, grupos de politización, gente de formación marxista, cuadros de base, trabajo de base, escuelas de preparación de cuadros, células de coordinación de los trabajos de los grupos parroquiales cuyos encargados son los gaticos, y los gatos coordinando el trabajo a nivel nacional. Además hermano, recuerde que estamos entrando a realizar otros trabajos en regiones selváticas, en los Llanos y en las fronteras. Cuando se haya avanzado un poco vamos a requerir de la fuerza militar para asegurar la toma del poder, pero el hecho político tenemos que producirlo aquí, en el trabajo con las masas. Le recomiendo la lectura del libro "Que Hacer?" del compañero Vladimir I.Lenin. Solo cuando hayamos creado el hecho político, la guerrilla va a tener que realizar su papel como defensora de los triunfos de las masas populares. Por eso es que le digo hermano, que espere. No se apresure a meterse a la guerrilla asi tan pronto. Yo mismo lo he pensado, y usted sabe hermano que como hijo del comandante Tigre yo podría haberme ido hace tiempo y no lo he hecho, por qué? Bueno porque la revolución hay que pensarla como un juego de ajedrez y hasta el momento el enemigo tiene la ventaja. Ahora nos toca a nosotros, pasito por pasito, ir creando las circunstancias para cambiar las posiciones de las fichas. Hasta el momento solo tenemos peones, hermano, pero nos faltan los cuadros superiores, la gente preparada para dirigir no solo la cuestión militar, que cualquiera la aprende, sino la cuestión política, hay que aprender a jugar el juego y a mover las fichas y en eso estamos crudos.
La lógica del maestro era implacable, reunía en sus clases de física y matemáticas los elementos más innovadores de estas dos ciencias para probar con lujo de detalles la necesidad de la revolución. Cuando lo vi por primera vez estábamos en una de esas temporadas de frío y lluvias que azotan a Bogotá y que traen consigo epidemias de gripa y catarro. Tenía la voz aguda y chillona con un tono bajito de mezzo-soprano, se envolvía alrededor del cuello y por extensión sobre el torso completo, una bufanda de lana tejida diez veces más grande que las bufandas regulares, podría haber sido una ruana, pero con la forma de bufanda. La barba estaba manchada con un mechón de pelo blanco en el lado derecho de la barbilla y andaba con varios libros bajo el brazo, estaba explicando la teoría del valor de Marx, probaba de manera irrefutable las conexiones entre los principios de la física y de las matemáticas con la axiología marxista del capital y eso para mí Lorenzo Mistral, no era cosa de juego. La ciencia es la ciencia y el marxismo era la ciencia que explicaba el funcionamiento de la sociedad, sin lugar a dudas. No es que yo fuera un obrero sub-desarrollado y acostumbrado a dormir en el piso, en casas de cartón, madera y latón, o que hubiera sido explotado por patronos ambiciosos y voraces, o que hubiese sido la víctima de capitalistas deshonestos y aprovechados. No. En absoluto. Yo era un burgués o un pequeño burgués que aceptaba la lógica implacable de las ciencias. Era totalmente un proceso racional. Un alcanzar un estadio de conocimiento superior y comprender la necesidad de la revolución como un postulado científico. Tenía carisma, todo lo que decía venía cargado de una seguridad a toda prueba. "Para ser científico hay que darle...y darle...y darle, es decir, hay que ser disciplinado, constante, decidido." Poco a poco su figura objeto de burlas y charlatanerías por parte de los estudiantes en general, se convertía en una figura autoritaria, se revelaba como un verdadero científico, como el maestro auténtico que todo hombre busca, el hombre que no es presa fácil de los enemigos del alma, el demonio, el mundo y la carne... No fumaba, no tomaba bebidas alcohólicas, no frecuentaba bares o discotecas, no andaba con mujeres de parranda, no celebraba navidades ni año nuevo, no le importaban sus propios cumpleaños ni ninguna de esas manifestaciones pequeño-burguesas que son ridiculeces de gente inconciente acerca de su papel histórico. No, él solamente buscaba tiempo para estudiar, para analizar los problemas de los países subdesarrollados y sus confrontaciones con los países desarrollados.
Este maestro sería definitivo en la vocación revolucionaria de muchos gatos y gaticos, sus directrices y sus orientaciones de origen marxista irían a marcar de por vida a quienes le escuchaban y le seguían.
La vi venir y la reconocí. Se llamaba Cassandra y en ese mismo instante la había amado sin imaginar que algún día ella buscaría la manera de romper los vínculos más profundos de la intimidad que estaba naciendo. Y es que yo Lorenzo el desprejuiciado, el descomplicado, de mente abierta; Lorenzo el poderoso seguro de contar incondicionalmente con Cassandra, no sabría en que momento apretar. No mediría las consecuencias de entregarle su libertad y la totalidad integral de su ser a Cassandra, la contradictoria, la embelesada con los señores, la perdida en el complejo de Electra.
Gracias a ti, Cassandra me hallo ahora aquí como Segismundo "destas prisiones cargado", tratando de comprender cómo permití que me lapidaran de esta manera inconcebible pero real y virtual. De nada vale afligirse ni atormentarse pensando que quizás las cosas hubieran salido mejor si yo hubiera echo esto o aquello, o si en vez de regresar hubiera salido, o si mejor habría sido coger por esta calle y no por aquella. Es tal cual la muerte. no hay regreso, las coordenadas de tiempo y espacio se encuentran un día sobre un puntico en un imaginario plano cartesiano y allí aparecemos, y esas mismas coordenadas se encuentran en otro puntico y desaparecemos, no somos nada, ni siquiera los restos de lo que fuimos, No, no queda nada, ni pasado, ni presente, ni futuro. De nada valen las fotos, los cuadros, las cartas desteñidas. Se habla del pasado como una experiencia virtual, o como un holograma de una realidad que no existe. Un holograma cuya realidad es el holograma mismo. Lo virtual por lo virtual contra lo real-real. Lo virtual contra lo concreto y por supuesto contra lo abstracto.
Estoy en la etapa de la certeza sensible, descubriendo el mundo que me rodea, lo primero que me ofrece mi sociedad es aguardiente y cerveza. Como estoy en la etapa de la certeza sensible, debo agotar la cerveza y el aguardiente. Es cuestión de una venganza personal. A mi abuelo lo acabó el trago, yo voy a acabar con el trago. Después del primero yo ya no soy yo, soy otro, de manera que todo lo que haga después de ingerir éste primer trago, no es mi responsabilidad, sino responsabilidad de ese otro que ya no soy yo. "Bebamos y comamos que mañana moriremos". El que bebe se emborracha, el que se emborracha duerme, el que duerme no peca, el que no peca va al cielo; si al cielo vamos...bebamos! . "bebamos en las cráteras de oro que laboró el cincel benvenutino, champagne bulliente y bullicioso vino, y bebamos el vino y bebamos el vino y bebamos el vino." --Tráiganme otra garrafa, yo la pago. Vino para todos. Una tanda por mi cuenta. "Creéme bebe vino./ Si le das vino a un monte / verás cuan pronto baila, / solo los necios han calumniado al vino./". Invocabamos la memoria de Omar Khayyam y del divino Poe, maestros de la lujuria, la erotomanía y la concupiscencia. Pasabamos los días rijosamente, agotando la etapa de la certeza sensible, descubriendo el mundo que nos rodeaba sin diferenciarnos. Cantando canciones báquicas y baladas romanticonas. Interrumpiendo las horas de estudio para salir a buscar una muchacha... y aunque empezábamos a dar lecciones de moral revolucionaria la fuerza de la libido nos obligaba a buscar desahogo en rápidas y torpes aventuras con las mucamas de las casas de los riquillos y pudientes o con las empleadas que venían de los barrios pobres de la periferia a los bailaderos y rumbeaderos del centro y chapinero prostituyéndose poquito a poco en la creciente ciudad que comenzaba a olvidarse del 9 de Abril bajo la égida utópica del Frente Nacional.
Luego vino Cassandra, Lorenzo descubrió sentimientos insospechados, comenzaron a andar juntos, se volvieron parte total del proceso. Cassandra fue el mundo que le rodeaba, Lorenzo cribo ese mundo, aprendió de él, aprehendiéndole, besando, amando, acariciando, manteniendo relaciones sexuales, gozando de su sexo. Pasó de lo real a lo pensado, Cassandra fue un poema, una carta, un perfume…Cassandra fue lo pensado y lo real.
Tendimos toda la ropa sobre el piso de madera, un vestido y otro y otro. Uno encima del otro, acomodamos los ganchos de colgarla o simplemente los quitamos para no maltratar el cuerpo e iluminados con la luz que venía de la calle comenzamos la faena del sexo y del amor. Ya habíamos hablado suficiente. Agotado los temas acerca de los gatos y los gaticos, las discusiones sobre el valor de la virginidad y las experiencias sexuales, las historias de las aventuras o de los amores pasados. Cuándo fue la primera vez? Cómo fue? Con quién?. Ya los corazones habían sido tocados pasando del conocimiento y la comprensión a la solicitud expresa de la satisfacción del deseo y por supuesto solo quedaba la práctica tierna y brutal y el encuentro físico de lo duro y lo blando en medio de lo húmedo y lo gelatinoso.

Wednesday, September 20, 2006

El Narrador de Creencias (Capitulo 1. 1a. parte)

El Narrador de Creencias
La Ubicación
1

Caminó 240 metros trepando la colina y luego se devolvió tropezando o pateando las piedras del camino, así como lo hacía cada mañana, y luego comenzó a sentir la tierra del monte debajo de las plantas de sus pies. Entonces se detuvo, se quito las sandalias y las sacudió, oriento sus pasos hacia la pequeña casa que se divisaba en el horizonte. Una vez allí, se desplomó como un naufrago en su sofá y empezó a desmenuzar las palabras con las que construiría el texto por el que tanto había luchado toda la noche, ese texto que lo hacía despertar a cada rato empapado en sudor. Tenía delimitado el ámbito concupiscente que le daría el tono a la escena pero quería encontrar aún las palabras correctas que diferenciaran el nominativo descriptivo, guerrero, luchador, guerrillero, valiente, audaz, héroe, bandido, asaltante, militar, militante o comandante, sicario o mercenario . La claridad de sus ideas no le permitía distinguir sin vacilaciones la línea casi invisible que separaba cada una de las definiciones. Todos eran capaces de matar al fin y al cabo. La manera como dispusiera de estos nominativos en su texto podría abrir puertas a una mayor claridad o envolver en un velo de distracciones verbales el recuerdo doloroso de los demonios que trataba de exorcizar. Entonces mezcló el recuerdo de los primeros días en que comenzó a visitar el barrio y a considerarse un revolucionario con las primeras experiencias sexuales que vivió en el Buenos Aires de Fuentes y escribió un par de textos de prueba en los que pretendía retratar la mañana. Se tendió cuan largo era de nuevo en el sofá y comenzó a leer su experimento textual como quien observa una pintura que acaba de esbozar. Vio que las ideologías seguían intactas y que los recuerdos podrían esconderse con una especie de tapiz que cubría los colores de gris anunciando un texto ligeramente libre de recuerdos esperpénticos.
Imprimió los textos nuevamente después de hacer algunas correcciones ortográficas y los puso entre un fólder de papel que le servía de archivo. A lo lejos, desde la puerta de su casita blanca se escuchaba el furioso rugido de los motores que atravesaban la carretera anunciando el día en plena actividad. A esa hora siempre el carro del correo hacia su rutinaria vuelta y como un trompo sobre si mismo regresaba al camino para continuar con su labor de repartición de cartas sin saludar y ni siquiera hacer el gesto del saludo.
Una caravana encabezada por una chiva cargada de jorotos para los mercados de los pueblos vecinos paso lentamente agobiada por el peso de los campesinos y sus jotos. Escuchaba las voces o mejor los gritos de los ocupantes que reclamaban al chofer por manejar imprudentemente o por coger los huecos de la carretera y zarandearlos inmisericode.
Era la temporada de verano, los polvosos caminos sin pavimento levantaban nubes de tierra y arenilla que parecían pequeñas explosiones en el horizonte.
Manolo se dijo a si mismo, que importa, pronto comenzará la temporada de lluvias torrenciales y ventarrones huracanados haciendo que todos se resguarden en sus ranchos y veredas hasta que vuelva el verano.
Regresó entonces a sus textos, a la palabra escrita que tanto placer le producía. El marco general de su gran novela estaba todavía llena de grietas y a medida que trataba de dibujar nuevas escenas en su cabeza o incluso al escribirlas en determinados momentos o durante el recuerdo de algunas de esas vivencias, le aparecían nuevos y abismales vacíos que no eran otra cosa que nuevos interrogantes que le surgían. No era la veracidad de su memoria. Era el registro de la exactitud o el registro de la verdad o tal vez el registro de su memoria cargada de ficciones que distorsionaba la realidad. Había logrado desarrollar las carácterísticas fundamentales de algunos de estos personajes, de los más importantes. Ya tenía un Stephen Dedalus, Un Leopold Bloom y una Molly pero le faltaba hacer las conexiones lógicas con el entorno histórico y cultural. Lo asaltaba la duda y se preguntaba que valor tenía todo eso. Ellos van a seguir matando sin consideraciones. Todo vale nada si el resto vale menos, se dijo, recitando un verso del poeta. Si le hubiera hecho caso a él ahora estaría bebiendo aguardiente y durmiendo la borrachera sobre un piano sin patas como el de Beethoven, como todos los pianos de Beethoven, o quizás estaría serruchando las pata a uno nuevo o armando un escándalo a la madrugada para despertar y escandalizar a los vecinos pequeño-burgueses. Ja!Ja!Ja! se río Manolo. Si pudiera expresar el sentido de sus últimos pensamientos. ¡Si sus amigos pudieran verlo! El Universo total de su novela se le aparecía como una inmensa acumulación de mercancías donde no podía ubicar a los humanos personajes con los que había compartido los años de la revolución. Era una clase de conjuntos inmenso, pero lleno de inquietudes, donde el título no correspondía con las épocas porque al lado de las descripciones de los debates ideológicos aparecían siempre unas grandes manchas de sangre que rompían la hilación del relato. De los salones austeros de un capitolio soñado por Bolívar o Miranda surgía un cementerio de realistas insepultos que se rebelaban contra la decadencia del imperio y querían perpetuarse como fantasmas que animaban la calma intemporal de un cementerio.
Luego los tiempos del campo lleno de esclavos, las comunas jesuitas, la forja de una república que terminaría siendo bananera. ¡Que ironía!, todas las ideologías resueltas en sangre y banano.
Como saltar doscientos o trescientos años y llegar a la ciudad moderna para descubrir que en el fondo las almas seguían apresadas entre los muros de los conventos de Tunja enladrillados con las monjas rebeldes que satisficieron las necesidades sexuales de los soldados patriotas. Si ellas, las rebeldes capaces de romper sus votos de castidad para darle fuerza a la soldadesca descalza que cruzaba el páramo de Pisba, terminaron sepultadas en vida bajo toneladas de emplastos de barro y ladrillo criollo. ¿Cómo organizar las historias personales de aquellos que hicieron su infancia y su adolescencia, sin perder el hilo conductor de las determinaciones sociales y económicas de los personajes?.
Manolo siguió escribiendo, detallista, palabra por palabra, como un orfebre con una gramática y una ortografía excelentes. Desde el punto de vista de la construcción su texto era impecable. Pero seguía insatisfecho. Le parecía que su tarea era descomunal. Parecía imposible poner de acuerdo las ideologías y por supuesto a los hombres que las predicaban o que simplemente las vivían. Pero porque angustiarse, repetía para sí, pensándolo bien… no estoy escribiendo para nadie. Que me importa si no puedo acabar esta tarea. Yo no me invente el mundo, yo no fui su creador, yo solamente quiero entenderlo, pero eso solamente me importa a mi. Lo que escriba quizás nunca sea leído por nadie más.
Se sirvió un trago de whisky, con sus pensamientos atriborrados de experiencias desde que hacía diarios de campo en el barrio Soledad y trataba de darle un cierto orden a sus recuerdos. Las calle sin pavimento, la escuela parroquial, los pequeños surcos de cultivo de vegetales y legumbres silvestres, casas de cartón y pedazos de lata rellenas con piezas de madera cortada rudimentariamente sin ningún cuidado, casas sin piso hechas sobre la tierra o la grama donde se armaban los camastros o se tiraban al suelo simplemente sobre costales para descansar luego de las agotadoras jornadas buscando que comer en una ciudad fría como las torres de cemento e inhumana como el rugir agresivo de los motores de tantos buses y busetas destartalados y contaminadores que inundaban el paisaje citadino. Todo esto hacía que la memoria de sus personajes se volviera brumosa por momentos y un conjunto surrealista de figuras al estilo de Dalí le inundaba las neuronas y lo dejaba en un estado de semi-conciencia muy parecido al sueño donde las figuras de sus personajes adquirían dimensiones monumentales, muchas veces rodeados de vasos y urnas con una mezcla característica de Grecia pero con diseños aztecas y figuras de Nahuatls intemporales y borgianos que le refrescaban la existencia de la muerte.
Estuvo a punto de partirse el espinazo mientras releía sus textos por la mala posición que adopto sobre una silla en la que se fue estirando de manera descuidada y distraído por la lectura al doblar una pierna la silla perdió el equilibrio y se fue de bruces contra el suelo. Esto lo regresó a la simple y pura realidad.
Manolo se había instalado en la casa abandonada de su abuelo en Málaga y desde la pequeña planicie sobre la que sobrevivía la ciudad sin cambios por más de cien años podía ver los villorrios y las veredas vecinas con solo desplazarse unos cien metros hasta la esquina donde terminaba no solo la calle sino el pueblo y comenzaba el precipicio que terminaba en un horizonte de pequeñas poblaciones con sus iglesias coloniales de arquitectura española y sus plazas centrales. La novela tenía más de doscientos pliegos escritos en medio de sopores y arrebatos que lo hacían escribir por días enteros sin comer ni dormir, seguidos por periodos de un sueño incontenible que lo dejaba inconsciente hasta por una semana completa luego de la cual se despertaba como viviendo un guayabo interno y empezaba de nuevo a recomponer las piezas de su rompecabezas. Este pedazo de ideología aquí, esta creencia religiosa allá, esta introducción en esta esquina, este párrafo en aquella otra. Su paso por el cuarto de baño entonces lo llevaba a sumergirse en el descubrimiento de su propio cuerpo. Como un ritual, cada vez que usaba el baño había establecido una serie de procedimientos enjundiosos y rigurosos para redescubrir su cuerpo cada día y disfrutar de cada uno de los segundos mientras se bañaba la boca, orinaba, defecaba, se masturbaba, se jabonaba y juagaba como si fuera el dueño del universo y pudiera echarse toda el agua de los océanos sin que le importara un comino el resto de la humanidad y sin que corriera el tiempo. Parecía que ya hubiera vivido todo el tiempo y que solo le quedara el recuerdo. Cada vez era un nuevo comienzo para volver a organizar los recuerdos y empezar a buscar la forma de hacer trascender la memoria de sus vivencias en sus textos.
Los interrogantes que surgían al confrontar los textos antiguos y medievales con los textos del racionalismo kantiano y la fenomenología de la historia de Hegel le producían en ocasiones dolores de cabeza, pero eso no importaba pues era en esos momentos cuando más entusiasmado buscaba la manera de recomponer los rompecabezas filósoficos que se le ocurrían. A quien podría preocuparle lo que él pensara de Hegel o de Nietzche en el siglo XXI, pensaba Manolo, pero eso no le impidió seguir aferrado a su trabajo. Había que seguir escribiendo. Todo se mueve por contradicción. El movimiento es el resultado de dos cosas opuestas, de dos pensamientos diferentes, de dos seres diferentes como el hombre y la mujer. Buscó entre los pocos libros que se habían salvado de la catástrofe y comenzó a documentarse acerca de los distintos caminos que la teoría de contrarios habían tomado desde que la formulo el oscuro Heráclito de Efeso, ermitaño, desde su refugio en las montañas del Peloponeso.
Los baches en las historias le causaban gran preocupación. Eran muchos años armando las memorias y esos baches había que llenarlos con recuerdos ordenados simétricamente.
Bueno, se decía, ese era un problema inicialmente de ubicación. Donde, desde, aquí, las formas geométricas o trigonométricas. Primero el problema era el espacio, por supuesto, el planeta, el área, la geografía, el hecho topológico. En fin, había que ubicarse, sí. Era un problema de ubicación. Con esas ideas buscaba desarrollar un concepto que le permitiera definir el problema de la ubicuidad sin caer en los provincialismos tan agobiantes de la literaturas del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. Especialmente en ciertas regiones llenas de ciudades pequeñas. Comenzó entonces a delimitar la geografía. Era una estructura de cadena montañosa, o sea una cordillera según los geólogos propia del terciario lo que explicaba el gran número de volcanes y la continua actividad sísmica, o sea una tierra donde se producen constantes movimientos de tierra, algunas veces precedidos de erupciones volcánicas desperdigando lava, fuego y ceniza. Surcada esta tierra por algunos ríos que se fueron convirtiendo poco a poco en alcantarillas y fundidos, además, con el paisaje de desperdicios que provocaban las empresas cementeras. Una espuma grotesca de monstruosos desperdicios fecales y químicos alimentaba extraños insectos y bichos capaces de destruir toda otra forma de vida sobre el planeta. No era la primera vez que trataba de describir la ubicación o mejor de finiquitarla. Por eso en estas disquisiciones pasaba no solo los minutos sino las horas, los días y las semanas. De pronto le sobrevenía un ataque de angustia existencial y soñaba con regresar a alguna ciudad costera. Lo atacaba la nostalgia del mar ahora tan lejano desde esta cordillera ardiente y fría en la que se había refugiado tratando de imitar a Heráclito su primer maestro. El tiempo siempre terminaba imponiéndose, por eso la topología cambiante de todos sus intentos por delimitar una ubicuidad lo llevaban a ratos a unos interrogantes insoportables que le hacían doler el cerebelo.
Trataba de narrar las creencias y las ideologías que habían influido de manera determinante en su formación personal y que lo habían conducido a esas guerras que no acababa de entender. En realidad sabía bien que era lo que había sucedido, o mejor, lo había vivido pero no aceptaba muchas cosas que creía que hubieran podido ser distintas, o tal vez, más que estar descontento por el rumbo que tomaron estaba tratando de entenderse a si mismo y de saber porque había actuado de una manera o de otra en diferentes o similares circunstancias y como es que había cambiado tanto de un lustro al otro.
Manolo concluyó definitivamente que eso tampoco era lo más importante, ahora parecía que su cuerpo comenzaba a manifestarse independientemente de su voluntad racional. Era cuando lo asaltaba un intenso dolor en la espina dorsal entre dos vértebras que le pinchaban los nervios y le producían múltiples y extraños dolores. Le dolía la espalda a la altura del sacro-coxígeo y de la región lumbar, los pinchazos de dolor se extendían inmediatamente por la boca del estómago y le producían la sensación de estar padeciendo de una intensa acidez estomacal, y como si fuera poco enviaban radiaciones dolorosas al oído y a unas muelas que ya le habían sido extraídas. Qué extraño se decía Manolo, me duelen unas muelas que ya no tengo. Se amarraba una faja en la cintura y otra a la altura del pecho para ayudarse a mantener la columna en posición y así dominar los dolores que lo aquejaban. Se colgaba de una varilla que había colocado en la puerta superior de una puerta sobre el umbral y aguantaba lo que más podía tratando de hacer que la columna se estirara y liberara los nervios punzados.
Volvía entonces sobre sus disquisiciones, algunas veces placenteras y otras definitivamente fastidiosas cuando se le atravesaban pensamientos oscuros y negativos que ensombrecían su estado de ánimo. Era cuando se cerraba las sandalias y regresaba de nuevo a la calle en busca de la colina por la que repetía incesante su rutina de caminar y caminar y caminar desesperadamente como si no tuviera un destino.
Retrato de situaciones. Una vez ubicado debería comenzar a pensar en las situaciones desde un punto de vista conceptual, es decir, no podía quedarse pegado al azar de las ideas puras, de las sensaciones, de los simples recuerdos. No. Era necesario conceptuar. Su decisión tenía una vieja raigambre en sus ancestros, un tatarabuelo modelo del siglo XVIII andaba cargado con el peso de la ilustración y 6000 libros que llevaba a todas partes. Era un proceso cultural vuelto tradición. Llevaba años reuniendo información, visitando bibliotecas y galerías, leyendo y releyendo libros de historia, de caballerías, novelas rosa y novelas de amor. De sus lecturas recordaba con profunda devoción y afecto las novelas de Salgari, los tres Mosqueteros, Los Caballeros del rey Arturo, en fin, libros que leen los niños en las casas de las familias cultas en el mundo latino. Pero también tenía un profundo aprecio por Wilde, El Ruiseñor y la Rosa, El Fantasma de Canterbury. No solo recordaba todos estos libros y cuentos, y a sus autores, sino que en medio de sus disquisiciones acostumbraba a citar de memoria textos completos que había aprendido desde la infancia y la adolescencia.
Su relato tendría la necesidad de recopilar también sus experiencias literarias se dijo. Sería el resumen total de todo aquello que había vivido durante los cuarenta años de vida que lo habían obligado a este temprano retiro entre las montañas en que había nacido y lejos del mar que había amado tanto.
De alguna manera había estado presente en la Revolución Francesa y en su influencia sobre las luchas de independencia de Colombia y Venezuela. Entender el cómo y el porqué y sus posteriores consecuencias también constituía un reto en el conjunto de su armazón textual. La empresa de la conquista con todo su peso de lengua y religión en Iberoamerica le llevaba a consultar las obras de Germán Colmenares para alimentar su ávida necesidad de comprender la historia. Sin embargo, no solo esta ubicación tan ligada directamente a sus ancestros le interesaba. Se apasionaba con las imágenes de libros escolares con los restos de las paredes decoradas de la Creta anterior a la Grecia clásica, con sus mujeres de senos tan hermosos que se llevaban desnudos para ser lucidos con orgullo, amaba esas escenas hogareñas; y ahora a pesar de tantos años y de tantas y tan intensas experiencias añoraba sus días de estudiante. Hasta hubiera querido ser un ciudadano cretense, pensaba Manolo, en medio de su soledad intencional y fenomenológica.
Un día escribió un cuento en el que quería retratar la fuente de sus primeras creencias. Sí, porque todos tenemos creencias. Un círculo finito de infinitas palabras donde reproducimos a imagen y semejanza de nuestros padres, amigos, mentores y conciudadanos una serie limitada de creencias sobre todas las cosas y pensamos que ese conjunto de creencias es la verdad. Esto sin darnos cuenta que ese círculo finito de infinitas palabras reproducen las aberraciones y los errores de las generaciones anteriores sin pasar por algún tamiz o filtro que nos haga reflexionar sobre la validez y justicia de esas creencias. Creencias que se imponen y se extienden por los campos, los pueblos y las ciudades y que en algún momento hacen parte de eso que han denominado planamente la identidad nacional de algún país. Creencias sobre el más allá, sobre al amor, sobre el trabajo, sobre las relaciones humanas, sobre el sexo, sobre la religión, la economía, la política, los insectos, las plantas, las aves…en fin, sobre todo lo conocido y lo desconocido. Creencias que llamamos populares en ocasiones, pero al fin creencias que nos permiten justificar todos nuestros errores. En algún momento en la construcción de esas creencias, por ejemplo, surgió la idea de que las guerras son justas, y luego de que organizar y armar ejércitos es también correcto y de allí la mejor de las ideas, aquella que afirma que matar soldados esta bien. En las guerras del siglo XXI se escandalizan por la muerte de civiles en los mal llamados conflictos armados pero justifican siempre la muerte de los soldados como si estos no fueran seres humanos.
Entonces quiso re-escribir la historia de Alejandro Magno y de las guerras médicas.
De la misma manera que un artista plástico se enfrenta a problemas de perspectiva y de color, Manolo trato de retratar sus primeros contactos con las creencias, tratando de apropiarse la historia, no de manera particular, sino la historia en general, ese bloque compacto de acontecimientos humanos que nos han traído hasta este momento de existencia.
Conciente de las dificultades de la tarea que se había impuesto, Manolo se había detenido numerosas veces en el camino de su vida a pensar si realmente sería capaz de concluir su obra o por lo menos adelantarla al máximo posible, sabiendo que tenía los conocimientos fundamentales y la experiencia. Realmente no aspiraba a que su obra fuese el “Sumum” de todas las obras, pero quería rescatar como un testimonio esa parte de la historia que nadie recuerda porque todos quienes la vivieron estaban ya muertos o habían desaparecido devorados por el monstruo traga individuos de la globalización y las necesidades particulares de la subsistencia. El se consideraba simplemente un sobreviviente y la necesidad de ser ermitaño más que la decisión de refugiarse en la soledad de su propia alma, era el medio seguro para sobrevivir.
El recuerdo de sus conversaciones con el chino Vladdy, lo retrotraían a sus primeros años de adolescencia, cuando el teatro y la política eran unas tendencias esquizofrénicas o unas fijaciones infantiles con las cuales se ayudaba para enfrentar su vida emocional en un medio que comenzaba a ser supremamente frívolo a pesar de las ardientes pasiones que lo movían. Comenzaban por hablar de que antes del hombre las cosas no tenían nombre. Si el hombre no existiese el planeta y el universo del que hablamos sería simple y llanamente la ignominia misma que es la nada. Porque puede ser lo mismo la nada que la ignominia. No existir no es lo mismo que no tener nombre y sin embargo, para nombrar la nada hay que tener un nombre, pero en la nada no hay nombres y venimos de ella y hacia ella caminamos. Pero hablaban sobretodo de cambiar el país y de cómo la oligarquía que gobernaba no dejaba espacios a ninguna forma de expresión libre sin que la censura y el atentado físico se manifestaran. Hablaban de las condiciones que generaron más de 165 guerras civiles en un siglo. De la guerra de los mil días y de la violencia que comenzó en los treinta y de las masacres de los años cincuenta, del asesinato de Gaitán, de la dictadura de Laureano, Adios Laureano, /nunca laureado,/ adiós emperador de cuarto piso/, de godos y cachiporros, de rojos y azules.
Jamás olvidaría después de muchas batallas en un paréntesis de la guerra revolucionaria cuando pensaban que estaban protegidos por una tregua larga, la manera como los afectó el suicidio de uno de los Antonios. Contra la voluntad de muchos, como pocas veces, se habían reunido para tomar unas cervezas y conversar un poco, pero la pasaron tan bien que la charla se prolongo desde la luminosidad de la tarde hasta que la belleza de la ciudad fue dominada por los grises de la noche, y difrazada de negro, cuando estaban a punto de despedirse muy contentos por lo agradable del encuentro y la charla, llego la terrible noticia. Ni siquiera pudieron ir juntos al velorio por razones políticas. El recuerdo del chino Vladdy era como una premonición de su próximo encuentro.
No lo había visto desde que tuvo que encerrase en una embajada extranjera por varias semanas solicitando asilo político y luego cuando se lo concedieron partió al extranjero para comenzar una nueva vida. No quiso mantener ningún vínculo personal que pudiera, no solo recordarle los avatares que lo llevaron a ese exilio, o alterarle emocionalmente, sino además, poner en peligro su propia seguridad física y su total autonomía individual. Volvió entoces a enfocar su mente sobre el problema de la ubicación y a repasar sus diarios de campo archivados caprichosamente en un rincon de su cerebro atormentado.